sábado, 19 de octubre de 2013

Una calle

(Homenaje a Constantino Cavafis)

En la estrecha calle del suburbio
el limonero emergía solar
sobre la mansa barda
cada estación más ruinosa.
El hombre fatigado, silencioso
que alguna vez había sido poeta
(y que quizá lo era más sin escribir)
contemplaba la tarde por las tardes.
Las míseras casuchas de enfrente
abrumadas de azules botecitos
con plantas que pregonaban su pobreza
eran la sola perspectiva del viejo
de labios y manos temblorosos,
la recompensa del poeta que había sido
como pocos, infatigable cantor de la belleza.
Nadie lo visitaba, nadie lo atendía
se alimentaba de indiscernibles cosas.
En su cuarto no había muebles
sólo esa mesita de tabla, esa silla
y la quietud que nacía de la nada.

Al atardecer, a veces casi de noche
un joven mecánico del taller del fondo
con bien ganada fama de díscolo,
al terminar su trabajo y regresar a casa
con la chamarra aún sobre los hombros
dirigía al viejo una mirada clara,
entera, abierta, sin saludar, y seguía.
El hombre continuaba un largo rato en la ventana,
luego, en medio de las sombras de la noche
caminaba hasta su camastro
murmurando estremecido entre las sombras
las únicas palabras de su día
que sólo él escuchaba.

En "Cantos del Tchandala", de Juan Carvajal.

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